En el tejido de cualquier interacción humana, ya sea en el ámbito romántico, amistoso o familiar, la forma en que intercambiamos ideas y sentimientos es crucial para la salud del vínculo. Aunque existen diversas maneras de expresarse, algunos individuos prefieren eludir cualquier confrontación. Estos últimos, que optan por el silencio para esquivar desacuerdos, representan un perfil bien conocido por la psicóloga Lara Ferreiro. Ella nos ilumina sobre las raíces de este patrón, sus implicaciones y las estrategias para transformarlo. Ferreiro distingue tres arquetipos comunicativos: el estilo agresivo, representado por quienes no dudan en expresar sus pensamientos; el sumiso-pasivo, quienes prefieren el silencio o adaptar su discurso a la expectativa ajena; y el asertivo, el ideal que permite defender los propios derechos sin atropellar los de los demás. Nos centraremos en el segundo grupo, aquellos que, por distintas motivaciones, reprimen sus emociones.
Detrás de la elección de callar, a menudo reside el temor. Según la experta, un miedo profundo al rechazo o al abandono impulsa a muchos a reprimir sus verdaderos sentimientos, creyendo que el silencio preservará sus lazos, aunque esto tenga un alto costo personal. En otros casos, el origen se halla en la niñez, en entornos marcados por la discordia o la violencia, donde el silencio se aprendió como un mecanismo de supervivencia. Este patrón puede incluso ser heredado, transmitiéndose de generación en generación a través de figuras maternas o abuelas que adoptaron una postura sumisa. La falta de herramientas comunicativas también contribuye; la ansiedad ante la incapacidad de abordar temas delicados lleva a la autocensura. Asimismo, la preocupación por ser percibido negativamente puede bloquear la expresión, reforzando la idea errónea de que ser una "buena persona" implica ceder y no quejarse, confundiendo la complacencia con la bondad. "Muchas personas creen que ser buenas personas es no quejarse, perdonar, aguantar. Pero no, ser una buena persona no significa dejar que se aprovechen de ti".
Ciertas personalidades son más propensas a evitar la confrontación. Las Personas Altamente Sensibles (PAS), por ejemplo, experimentan una intensa reacción cerebral al estrés que provoca el conflicto, lo que las impulsa a esquivarlo. Investigaciones, como las de la Universidad de Harvard, corroboran esta tendencia. También se observa en individuos con ansiedad social, trastornos de ansiedad no tratados o un estilo de apego evitativo, donde la distancia emocional se convierte en una defensa. Este mecanismo de protección se manifiesta en ambos géneros, aunque los hombres suelen mostrar una mayor inclinación hacia el apego evitativo.
Estudios como los realizados en la Universidad de Harvard indican que las personas altamente sensibles tienden a evitar confrontamientos porque su cerebro reacciona con mucha intensidad al estrés.
El hábito de callar puede ser una estrategia arraigada desde edades tempranas. Familias con tabúes emocionales, donde los problemas se ocultaban, o padres autoritarios/ausentes, pueden haber condicionado este comportamiento. El "refuerzo del silencio" se produce cuando evitar un conflicto al callar se percibe como una estrategia exitosa. Los niños cuyas emociones no fueron validadas, a través de frases como "cállate" o "no llores", aprenden que expresar sus sentimientos es incorrecto. Otro perfil frecuente es el de los niños "parentalizados", que asumieron responsabilidades emocionales adultas, impidiéndoles expresar sus propias necesidades.
Independientemente de su origen, el silencio sistemático tiene efectos devastadores. En primer lugar, conduce a una acumulación emocional, donde todo lo no dicho se interioriza, explotando finalmente en forma de ira, insomnio o ansiedad. También implica una pérdida de identidad, ya que la supresión constante del yo anula la personalidad. Esta represión emocional puede manifestarse físicamente en somatizaciones como dolores musculares o problemas digestivos. Además, afecta negativamente las relaciones, que se vuelven inauténticas y desequilibradas, llevando a que quienes no establecen límites sean explotados, lo que a su vez genera culpa, resentimiento y erosión de la autoestima.
Este comportamiento no es algo innato, sino aprendido. Y es uno de los motivos de consulta más frecuentes en terapia. Se puede trabajar con terapia cognitivo-conductual: cambiando creencias limitantes, subiendo la autoestima, mejorando la inteligencia emocional.
La buena noticia, según Lara Ferreiro, es que este patrón es modificable. No es una característica innata, sino aprendida, y es una de las consultas más comunes en terapia. Se puede abordar eficazmente mediante la terapia cognitivo-conductual, que trabaja en la modificación de creencias limitantes, el fortalecimiento de la autoestima y el desarrollo de la inteligencia emocional. La psicóloga defiende la asertividad como una habilidad entrenable, que permite expresar pensamientos y establecer límites de forma saludable, un pilar fundamental del autorespeto.
Las personas cercanas a quienes habitualmente callan y ceden pueden desempeñar un papel crucial en su proceso de cambio. Es fundamental crear entornos seguros donde puedan expresarse libremente, validando sus emociones con frases empáticas como "te comprendo". Fomentar la apertura a través de preguntas sin presión, y ofrecer un acompañamiento paciente y comprensivo, es esencial. También es importante predicar con el ejemplo, demostrando cómo se establecen límites de forma constructiva y reforzando cada pequeño progreso. Los cambios significativos requieren tiempo y dedicación.
Existen varias herramientas para romper este patrón: iniciar terapia individual, practicar la autoobservación y cuidar el diálogo interno, como desafiar pensamientos autocríticos. Es vital aprender a decir "no" en situaciones cotidianas, reemplazando la autocrítica por afirmaciones de auto-derecho. Técnicas como el "disco rayado" (repetir un mensaje sin justificación) y el uso estratégico de la comunicación escrita, como WhatsApp, para ganar tiempo y formular respuestas claras, son útiles. Hablar, según Ferreiro, es la esencia del autorespeto, pues de lo contrario, uno se siente subestimado.
Si alguien se cuela en la cola del supermercado, en lugar de pensar "ya me están vacilando", puedes decirte: "vale, poco a poco voy a poner límites", y decir: "perdona, la cola está detrás".
Es momento de buscar apoyo profesional cuando el silencio para evitar conflictos se manifiesta en ansiedad, insomnio o dolencias físicas sin causa aparente. También si se experimenta aislamiento social para evitar confrontaciones, culpabilidad por hablar o callar, o si se repite un patrón de sumisión en todas las relaciones. La presencia de traumas no resueltos o episodios de ira incontrolada son claros indicadores de la necesidad de intervención terapéutica.