La destacada neurocientífica Ana Asensio enfatiza que la clave para una vida plena y duradera no reside en el éxito material o la belleza física, sino en la calidad de las relaciones que construimos. Según sus investigaciones, una abrumadora mayoría de individuos experimenta incomodidad emocional, lo que la lleva a afirmar que los humanos somos inherentemente interdependientes, no autosuficientes. Este malestar suele originarse en la soledad, la prisa, el estrés, la rumia excesiva y la carga mental, situaciones con las que muchas personas se sienten identificadas. Asensio propone que entender y aceptar nuestras emociones, incluso las más desagradables, es fundamental para evitar el sufrimiento y cultivar una existencia más saludable y conectada.
Asensio también aborda la compleja relación de las mujeres con la autoexigencia y la dificultad para delegar. Señala que las expectativas sociales y personales las empujan a querer sobresalir en múltiples roles simultáneamente, lo que genera una presión constante. Además, distingue entre multiactividad y multitarea, advirtiendo que, si bien somos capaces de realizar diversas actividades en momentos distintos, intentar hacer varias cosas a la vez es perjudicial para el cerebro. Promueve la importancia de las emociones incómodas, como la tristeza y el miedo, argumentando que son esenciales para el crecimiento y la adaptación, a pesar de que la sociedad a menudo nos enseña a evitarlas.
La neurocientífica Ana Asensio sostiene que la calidad de nuestras conexiones con los demás es el factor más influyente en nuestra salud general, felicidad, satisfacción vital y esperanza de vida. Rechaza la noción de independencia absoluta, proponiendo en cambio que somos seres profundamente interconectados, o “hodependientes”. Esta perspectiva desafía la creencia común de que el éxito individual, la riqueza o la apariencia física son los motores principales del bienestar, desviando la atención hacia la riqueza de nuestras relaciones personales como el verdadero tesoro de una vida plena. Según Asensio, ignorar esta necesidad inherente de conexión puede conducir a un profundo malestar emocional.
Asensio, basándose en sus conocimientos y en su libro "El cerebro necesita abrazos", destaca que una gran parte de la población experimenta incomodidad emocional, lo que se traduce en sentimientos de soledad no deseada, estrés constante, una prisa incesante y la tendencia a la rumiación mental. Estas vivencias, que a menudo se entrelazan con la autoexigencia y la sensación de estar abrumado por múltiples roles, son, a su juicio, un caldo de cultivo para el sufrimiento. Al enfatizar la interdependencia humana, Asensio subraya la importancia de cultivar relaciones significativas y de calidad, no solo para nuestra salud mental y emocional, sino también como un predictor fundamental de una vida larga y feliz, desafiando así las métricas tradicionales de éxito y bienestar.
Ana Asensio recalca la importancia de aceptar y procesar las emociones que percibimos como negativas, como la tristeza y el miedo. Argumenta que estas sensaciones incómodas no son adversarias, sino herramientas esenciales para nuestro crecimiento y adaptación. La tristeza, por ejemplo, facilita un proceso de limpieza interna y renovación, mientras que la ira puede ser un catalizador para el cambio y el miedo una advertencia vital. Evitar estas emociones, según la neurocientífica, no las elimina, sino que las transforma en sufrimiento prolongado, que a su vez se manifiesta en síntomas físicos y enfermedades, creando un ciclo perjudicial. La educación emocional, con énfasis en la comprensión y gestión del dolor, sería crucial para el desarrollo de individuos más resilientes.
Asensio también pone de manifiesto la presión cultural y social que recae sobre las mujeres, llevándolas a una autoexigencia desmedida y a la dificultad de delegar responsabilidades. Las mujeres a menudo se ven obligadas a equilibrar múltiples roles —profesionales, personales, familiares— con la expectativa de excelencia en todos ellos, lo que las expone a una carga mental significativa y a una “depresión existencial”. Además, distingue entre la capacidad humana para la “multiactividad” (realizar diferentes tareas secuencialmente) y la “multitarea” (ejecutar varias tareas simultáneamente), señalando que esta última puede agotar el cerebro y ser contraproducente. La propuesta es clara: es fundamental que las mujeres se permitan respirar, delegar y priorizar su bienestar, reconociendo que no es posible ni saludable hacer todo a la vez, y que la valía personal no depende de la cantidad de roles que se desempeñen o de la perfección con que se hagan.