La integración de las pantallas en la vida de los niños se ha convertido en un tema recurrente de discusión dentro del ámbito de la crianza. Existe un consenso general, apoyado por expertos en pediatría, psicología y organismos de salud, sobre la importancia de limitar el tiempo de exposición a estos dispositivos, especialmente en los más pequeños. Sin embargo, en medio de este debate necesario, surge una preocupación adicional: la tendencia de las propias familias a juzgarse mutuamente por el uso de móviles y tabletas.
El psicólogo Alberto Soler ha resaltado un comportamiento inquietante: la práctica de fotografiar a otras familias en espacios públicos, como restaurantes, cuando sus hijos utilizan tabletas, para luego compartir estas imágenes en redes sociales con comentarios despectivos. Esta acción, aunque aparentemente motivada por la preocupación por la salud infantil, plantea una pregunta fundamental: ¿en qué momento se volvió aceptable exponer y criticar públicamente las decisiones de otra familia?
Es fundamental diferenciar entre las recomendaciones de salud sobre el uso de pantallas y la creación de un "tribunal público" en las redes sociales. Las pautas existen para informar y guiar, pero las decisiones que cada familia toma en un momento dado son el resultado de un contexto personal y particular que a menudo es invisible para los observadores externos. No se conocen las circunstancias individuales, como la enfermedad de un niño, la situación de un padre o madre soltero, o incluso el uso de la pantalla como una herramienta de comunicación esencial para un niño con necesidades especiales.
El peligro inherente a esta tendencia es la simplificación de la complejidad de la crianza a una "imagen congelada". Un instante capturado no puede encapsular la totalidad de las experiencias, desafíos y justificaciones que subyacen a las decisiones parentales. Juzgar basándose en un momento aislado ignora la riqueza y la dificultad del proceso de criar a un hijo.
La maternidad y la paternidad son, en sí mismas, experiencias demandantes, llenas de incertidumbre, culpa y la sensación constante de no ser suficientes. Añadir el componente del juicio social a esta ya compleja ecuación crea un ambiente poco propicio para las familias que se esfuerzan por hacer lo mejor posible. Es fácil olvidar que incluso los expertos cometen errores o caen en contradicciones en sus propias vidas. Sin embargo, no todos están sujetos a la posibilidad de ser fotografiados y exhibidos en internet por cada decisión que toman.
La preocupación legítima por los efectos de las pantallas no debe derivar en una cultura de denuncia y linchamiento. Cuando se opta por "denunciar" a otra familia mediante una fotografía, la motivación puede dejar de ser el bienestar infantil para convertirse en una búsqueda de validación personal. Criticar a los demás no mejora la propia crianza, sino que perpetúa un ciclo de comparación y juicio que, en última instancia, perjudica a todas las familias. La crianza es un viaje personal que no puede ser evaluado por una simple instantánea, y es imperativo preguntarse si uno desearía ser tratado de la misma manera en sus momentos más difíciles.