El miedo es una emoción primaria y esencial que los niños experimentan desde temprana edad. Esta respuesta instintiva del organismo ante posibles peligros cumple una función vital de protección y supervivencia. Es completamente natural que el miedo surja en diversas situaciones, como frente a sonidos intensos, la separación de figuras de apego, cambios en su entorno o nuevas vivencias. En estos momentos cruciales, el papel del adulto no es restar importancia a lo que el niño siente, sino ofrecerle acompañamiento y herramientas para que pueda procesar y comprender esta emoción.
Según la psicóloga infantil Andrea Cardemil, un aspecto fundamental para ayudar a un niño asustado es restablecer su sentido de seguridad. La primera recomendación clave es que los padres o cuidadores mantengan la calma. La serenidad del adulto actúa como una señal de tranquilidad para el niño, permitiéndole regular sus propias emociones al observar la estabilidad de su figura de referencia. Posteriormente, es esencial explicar de manera sencilla la situación y validar lo que el niño está experimentando. Por ejemplo, se le puede decir que el susto provino de un ruido fuerte inesperado y reafirmarle que se encuentra seguro. La verbalización de sus sentimientos dentro de un contexto de seguridad ayuda a disminuir la intensidad del temor.
Cuando el miedo es particularmente intenso, es crucial apoyar la regulación fisiológica del cuerpo. Una técnica eficaz es invitar al niño a respirar juntos, de forma rítmica y profunda, para que pueda calmarse gradualmente. Si el niño se resiste, el adulto puede modelar la respiración tranquila, ya que la observación de un patrón respiratorio pausado por parte de un referente también tiene un efecto regulador. En el caso de niños mayores de cuatro años, después de validar su emoción, puede ser beneficioso preguntarles qué necesitan para sentirse más seguros. Si su petición no es factible, se les puede ofrecer una alternativa viable, siempre manteniendo los límites con firmeza y claridad.
Para los niños que han experimentado situaciones traumáticas, es vital reforzar la idea de que el peligro ya ha pasado y que ahora se encuentran en un ambiente seguro. En estos casos, el cuerpo del niño puede continuar reaccionando como si la amenaza aún estuviera presente, incluso cuando ya no lo está. Por ello, es importante ayudarles a reconectar con el presente, enfatizando la seguridad actual y brindando apoyo con serenidad. Recordarles que están a salvo y volver a las técnicas de respiración puede contribuir a que su cuerpo integre esta realidad y se regule.
Aunque el miedo es una parte inherente de la vida, es importante estar atentos a ciertas señales. Un niño que experimenta miedo con frecuencia puede estar teniendo dificultades para gestionar sus emociones, lo que podría requerir un mayor acompañamiento emocional. En tales circunstancias, no se trata de eliminar el miedo por completo, sino de observar cuándo surge, con qué intensidad y cómo responde el niño. También es fundamental considerar si está recibiendo el apoyo adecuado o si ha pasado por experiencias que han incrementado su sensación de inseguridad. Si el miedo persiste de manera preocupante, es recomendable buscar la orientación de un profesional de la salud, como un pediatra, quien podrá resolver dudas, descartar causas subyacentes y ofrecer estrategias personalizadas para cada caso.