Este artículo se adentra en el concepto de serenidad, un estado anímico que el célebre escritor Jorge Luis Borges exploró en sus últimos años. Lejos de ser una búsqueda constante de plenitud, Borges sugirió que la vida se compone de instantes breves e intermitentes, y que la serenidad podría ser una ambición más alcanzable que la felicidad, e incluso, una manifestación de ella. Sin embargo, la serenidad, al igual que la felicidad, no debe convertirse en una imposición; su verdadero valor radica en su aparición espontánea en la cotidianidad.
Las paráfrasis son herramientas lingüísticas que nos permiten profundizar en teorías, pensamientos u obras, expandiendo su significado. A menudo se confunden con citas directas, lo que puede llevar a atribuciones erróneas. Tal es el caso de una frase atribuida a Jorge Luis Borges, que, aunque no se ha encontrado en sus escritos de manera textual, resume de forma elocuente sus reflexiones más profundas sobre la vida en su etapa final. En un mundo donde la calma es un bien escaso, esta idea resuena con particular fuerza.
En sus últimos años, marcados por la ceguera progresiva y una vida más introspectiva, Borges comenzó a ver la existencia no como una odisea heroica, sino como una secuencia de momentos dispersos. En entrevistas posteriores, compartió la idea de que la felicidad no es un estado perpetuo, sino una serie de instantes, trasladando así el enfoque de la estabilidad a lo efímero. Para él, la serenidad no era una meta final, sino una forma de interactuar con el mundo, de reducir el ruido y de habitar la vida sin la presión de que esta sea siempre intensa o significativa.
Según la Real Academia Española, la serenidad se define como la cualidad de ser apacible, sosegado, libre de perturbaciones físicas o morales. Desde la perspectiva de Borges, la serenidad trasciende la idea de un objetivo y se presenta más bien como una forma de experimentar el mundo. No se trata de alcanzar una meta, sino de disminuir las distracciones y habitar la existencia sin la demanda de una intensidad o significado constantes. Jon Kabat-Zinn, pionero en el campo de la atención plena, complementa esta visión al definir la serenidad como la capacidad de estar presente sin ser arrastrado por reacciones emocionales automáticas, una idea que se alinea con la intuición borgiana de regulación en lugar de indiferencia, y de no dejarse vencer por el conflicto.
El desafío surge cuando la serenidad se eleva a la categoría de ideal. Similar a la felicidad, puede transformarse en una exigencia, la obligación de permanecer en calma. En ese punto, deja de ser una vivencia espontánea para convertirse en un mandato, una trampa sutil pero igualmente demandante. Las condiciones externas influyen significativamente en nuestra capacidad de alcanzar la calma interior. En la sociedad actual, caracterizada por la hiperconectividad, la presión económica, la sobrecarga de información y un ritmo de vida acelerado, resulta difícil mantener estados de sosiego prolongados. Por lo tanto, el entorno en el que se busca la serenidad desempeña un papel crucial y no debe subestimarse.
Al reflexionar sobre las ideas de Borges, es importante no concebir la serenidad como una versión más sobria del bienestar, ni como un privilegio reservado para ciertas etapas de la vida. Más bien, debería entenderse como una cualidad fluctuante, que aparece y desaparece. Su verdadero valor no reside en su permanencia, sino en la posibilidad de su manifestación.
Al reducir la urgencia por acumular actividades, responsabilidades y vínculos, se abren espacios para una atención genuina. En estos momentos, la serenidad trasciende lo abstracto y se manifiesta en acciones concretas: disfrutar de una comida sin prisas, pasear sin un destino fijo, conversar sin la necesidad de imponer ideas o no reaccionar de inmediato a cada estímulo. Son estos pequeños gestos los que permiten experimentar la vida más allá de la constante búsqueda de rendimiento.
Quizás la serenidad no sea una forma superior de felicidad, ni su reemplazo. Tal vez sea algo más modesto: una manera de evitar que la vida se convierta en una demanda incesante de intensidad. No es permanente, no es estable y no siempre está disponible. Sin embargo, aparece, a veces, en los márgenes. Y esos márgenes, aunque pequeños, también contienen una parte importante del bienestar posible.