Julio Cortázar, un maestro de la palabra, solía reflexionar sobre la noción de que al subrayar un volumen, en realidad nos estábamos subrayando a nosotros mismos. Aunque el origen exacto de esta idea se le escapaba, el autor de "Rayuela" comprendía que esta acción trasciende la mera identificación de frases destacadas. Es un acto de profunda identificación, un reconocimiento de nuestras propias vivencias y pensamientos en las palabras ajenas. Quién no desearía explorar las anotaciones de un escritor tan lúcido para desentrañar los rincones de su mente.
Olga Albaladejo, psicóloga especializada en bienestar, refuerza esta perspectiva al señalar que las marcas en un texto a menudo revelan más sobre la situación vital del lector que sobre el contenido del libro en sí. Para ella, cada subrayado es una ventana a nuestro mundo interior, una “radiografía emocional” que expone anhelos, heridas no cicatrizadas, necesidades imperantes e incluso diálogos internos que aún buscan resolución. Lo que decidimos destacar no es casual; es una manifestación inconsciente de nuestro ser.
La psicóloga explica que el acto de subrayar se asemeja a una proyección de nuestra psique. No nos limitamos a señalar frases atractivas; más bien, identificamos aquellas que resuenan con nuestra configuración emocional en un instante particular. Las palabras que capturan nuestra atención suelen estar ligadas a nuestras inquietudes, a nuestros esquemas afectivos y a esos sentimientos que, aunque presentes, todavía no hemos logrado articular. Esto explica por qué individuos diferentes pueden leer la misma obra y encontrar relevancia en pasajes completamente distintos.
Es común reencontrarnos con libros después de años y descubrir subrayados que ya no comprendemos del todo, frases que en su momento nos parecieron vitales y hoy apenas nos tocan. Y, por el contrario, otras que antes pasaron desapercibidas cobran ahora un significado revelador. “El texto no cambió; cambiamos nosotros”, sentencia la psicóloga. Nuestro estado emocional actual funciona como un filtro perceptual, guiando a nuestro cerebro a seleccionar lo que considera pertinente para nuestra experiencia vital en ese preciso momento. Por eso, algunas frases parecen llegar justo cuando las necesitamos, ofreciendo consuelo o claridad en momentos de cambio o crisis.
La biblioterapia, una disciplina que emplea la lectura como herramienta terapéutica, valida la idea de que la ficción activa procesos cerebrales similares a los que utilizamos para comprender las emociones y las relaciones humanas en la vida real. Como señala Albaladejo, “leer en profundidad no es solo asimilar información, sino entablar un diálogo con aspectos ocultos de nuestro propio ser”. La neurocientífica Maryanne Wolf se refiere a esta “lectura profunda” como un estado valioso que amalgama el pensamiento racional con la vivencia emocional, enriqueciendo nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo.
Según la especialista, la acción de leer en formato físico y subrayar manualmente posee un “efecto casi revolucionario” en la actualidad. Este gesto invita al cerebro a hacer una pausa, a discernir y a decidir qué información merece ser conservada. Estudios han demostrado que la escritura manual propicia una asimilación más profunda de la información, al exigir una síntesis y un procesamiento activo. Además, existe una dimensión emocional: por unos momentos, nos desligamos del constante flujo de estímulos para anclarnos en una frase, en una emoción. De alguna forma, las palabras que destacamos se entrelazan con lo que somos y lo que sentimos.