Hay individuos que, al llegar a su hogar, casi instintivamente encienden la televisión. No lo hacen con la intención de ver un programa específico, sino para tener un sonido de fondo, un ruido ambiental que los acompañe mientras realizan diversas actividades cotidianas como cocinar, trabajar o simplemente revisar su teléfono. Para muchos, el silencio absoluto puede generar una profunda incomodidad e incluso angustia. Pero, ¿cuál es la razón detrás de este comportamiento? La psicología ofrece varias explicaciones, y no siempre es motivo de preocupación, a menos que se convierta en una necesidad ineludible.
El Profesor Alfredo Rodríguez-Muñoz, Catedrático de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, señala que el silencio puede ser un desafío emocional. La ausencia de estímulos externos abre un espacio para la introspección, trayendo a la superficie pensamientos, inquietudes, sensaciones corporales y emociones que suelen ser opacadas por la actividad diaria. Constantemente estamos expuestos a pantallas, notificaciones, música y conversaciones, lo que nos ha llevado a perder la costumbre de convivir con la calma. Cuando el entorno se silencia, emergen pensamientos y emociones que habitualmente permanecen ocultos bajo el bullicio cotidiano. Para muchas personas, tener la televisión encendida no implica querer verla, sino que buscan la sensación de compañía que proporciona una voz de fondo, la percepción de que hay “vida” en casa. Rodríguez-Muñoz explica que la televisión, la radio o la música crean una ilusión de presencia, movimiento y actividad alrededor. Este fenómeno es particularmente notorio en momentos de soledad, ansiedad o estrés emocional, donde el sonido puede ofrecer un alivio temporal a la sensación de vacío o aislamiento. Esta práctica es más común de lo que parece, y no se limita a la televisión; la música, la radio, e incluso los sonidos de la calle, pueden generar una tranquilidad paradójica que el ruido proporciona.
La psicología también sugiere que ciertos sonidos familiares pueden inducir la relajación cerebral. Escuchar voces conocidas o sonidos predecibles infunde una sensación de seguridad y estabilidad. Por ello, algunas personas duermen mejor con la televisión encendida, se relajan al sintonizar su emisora de radio preferida o escuchan podcasts repetidamente. El cerebro asocia estos estímulos con el descanso, la rutina o la protección emocional. Sin embargo, el problema surge cuando el silencio deja de ser simplemente molesto para volverse intolerable. Frecuentemente, la verdadera dificultad no reside en el silencio per se, sino en lo que emerge cuando no hay distracciones externas. Cuando los estímulos se desvanecen, la mente tiende a divagar. En individuos con ansiedad o preocupación persistente, estos pensamientos suelen dirigirse hacia problemas, temores o emociones desagradables. Además, vivimos en una cultura que parece rehuir cualquier pausa. El aburrimiento, el silencio o la inactividad generan incomodidad en muchas personas porque ya no forman parte de la rutina. La necesidad constante de estimulación puede interpretarse como un mecanismo de regulación emocional. No obstante, el experto enfatiza que detenerse es crucial para procesar nuestras emociones. Escuchar música o tener la televisión de fondo no es inherentemente negativo. El problema radica cuando la persona siente que no puede estar tranquila sin esta estimulación constante, es decir, cuando no elige el ruido, sino que lo necesita. Por ejemplo, es una señal de alerta si alguien experimenta angustia al apagar la televisión, necesita ruido para dormir o no soporta pasar unos minutos en silencio en casa. En tales casos, el ruido puede actuar como una “anestesia cotidiana” frente a la ansiedad, la tristeza, la soledad o el malestar interno. Vivir rodeado de estímulos también afecta al descanso mental. Aunque muchos encuentran que el ruido les relaja, el cerebro necesita pausas para recuperarse, así como momentos de baja estimulación para restaurar la atención, procesar información y descansar.
Afortunadamente, es posible reconciliarse con el silencio de manera gradual. No se trata de eliminar todos los ruidos abruptamente, sino de reintroducir pequeños momentos de calma en la vida diaria. Se recomienda comenzar poco a poco: cinco minutos sin televisión, caminar sin auriculares, tomar café sin mirar el móvil o leer sin música de fondo. El miedo al silencio a menudo no es el silencio mismo, sino lo que surge cuando nos confrontamos con nuestros propios sentimientos.