Numerosos padres se encuentran desconcertados ante los cambios inesperados en el comportamiento de sus hijos adolescentes. Frases como "mi hijo ya no es el de antes" son comunes, acompañadas de preocupación, confusión e incluso sentimientos de culpa. Sin embargo, es crucial entender que esta fase de transformación es inherente al desarrollo y no siempre un reflejo de errores en la crianza o problemas individuales del joven. Es un período de profunda reorganización emocional y social, donde el adolescente busca forjar su propia identidad y distanciarse, en cierta medida, de la figura parental.
En el vibrante y a menudo turbulento escenario de la adolescencia, muchos padres se ven envueltos en un mar de incertidumbre y preocupación. En los consultorios de especialistas, se escucha con frecuencia la frase: "Mi hijo ya no es el mismo". Esta expresión, cargada de asombro y, en ocasiones, de angustia, surge cuando los jóvenes atraviesan un período de intensos cambios. No es inusual observar una creciente irritabilidad, una disminución en el rendimiento académico o un distanciamiento emocional que puede generar un profundo desconcierto en el seno familiar. Inmediatamente, la pregunta se cierne sobre los padres: "¿Qué estamos haciendo mal?"
Sin embargo, la notable psicóloga Laura Migale, especialista en ansiedad, relaciones y autoestima, con una vasta experiencia en Barcelona, nos ilumina sobre esta etapa crucial del desarrollo. Destaca que estas transformaciones, que a menudo se perciben como problemáticas, son en realidad una parte esencial de un proceso más amplio y natural. La adolescencia, como ya lo señaló Sigmund Freud en sus análisis pioneros, no es meramente una fase de crecimiento físico, sino una época de profunda reestructuración de la vida afectiva y de las interacciones sociales del individuo. En esta búsqueda incesante de una identidad propia, el adolescente necesita, paradójicamente, desafiar a sus padres y establecer una distancia emocional, lo que a menudo implica una desidealización de las figuras paternas.
Ante este panorama, la Dra. Migale propone un enfoque más reflexivo y menos reactivo. En lugar de buscar soluciones inmediatas o caer en la trampa de la culpa, sugiere una serie de pautas para los padres:
La adolescencia no es un problema que deba ser "resuelto", sino un viaje que debe ser "atravesado". Como indicó Freud, crecer implica una reorganización constante, a veces conflictiva, de los vínculos y de la propia identidad. En lugar de aferrarse al pasado, la pregunta más fértil para los padres es: "¿Qué está elaborando mi hijo en este momento de su vida?" Sostener esta pregunta, sin la necesidad de respuestas rápidas, es a menudo la mejor manera de acompañar a los jóvenes en su camino hacia la adultez. Porque, incluso en los momentos de mayor confusión, el adolescente, a su manera, busca su lugar en el mundo y, aunque no siempre lo exprese, necesita adultos capaces de apoyar ese complejo pero hermoso trayecto.