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Reducir la velocidad: la psicóloga Mia Hungría sobre cómo la prisa nos desconecta y cómo recuperar la calma

05/09 2026

En un mundo que celebra la velocidad y la productividad incesante, nos encontramos atrapados en un ciclo de actividad frenética. Este ritmo de vida acelerado, aunque a veces percibido como un signo de éxito, nos desconecta profundamente de nuestro propio ser. La psicóloga Mia Hungría, una voz autorizada en el campo de la ansiedad, argumenta que esta prisa constante no es solo una elección, sino más bien una inercia que nos impide la introspección y la gestión adecuada del tiempo y las emociones. Es crucial reconocer las señales de este agotamiento, como la dificultad para concentrarse o un cansancio persistente, y adoptar medidas conscientes para desacelerar, reconectar y así proteger nuestra salud mental y física.

Reflexiones de una Experta en Salud Mental sobre la Vida Acelerada

El 9 de mayo de 2026, la reconocida psicóloga Mia Hungría, especialista en el manejo de la ansiedad, compartió sus profundas observaciones sobre el impacto del ritmo de vida contemporáneo en nuestra salud mental y bienestar. En un análisis perspicaz, la Dra. Hungría enfatizó cómo la búsqueda incesante de la velocidad y la eficiencia nos ha sumergido en una existencia que nos aleja de nuestra propia esencia y capacidad de disfrute. Ella argumenta que, más allá de ser una decisión consciente, esta aceleración se ha convertido en un estado de inercia, donde la sociedad valora la hiperproductividad por encima de la salud personal.

La Dra. Hungría señala que esta prisa a menudo enmascara una gestión ineficiente del tiempo, una atención dispersa y un desequilibrio entre la vida personal y profesional. Más allá de lo superficial, la velocidad actúa como un mecanismo de evasión, impidiéndonos enfrentar y procesar nuestras emociones y pensamientos. “Ir deprisa muchas veces nos evita parar y escucharnos”, afirmó, destacando que el silencio y la inactividad pueden ser confrontadores, llevándonos a evitar la introspección y a mantenernos desconectados de nosotros mismos.

La experta también abordó cómo esta constante aceleración afecta nuestro sistema nervioso, que no está diseñado para un estado de alerta permanente. Cuando vivimos en “modo rápido”, el sistema nervioso parasimpático, encargado de la calma y la regulación emocional, se desequilibra. Esto se manifiesta en síntomas como irritabilidad, dificultad para relajarse y una mayor reactividad emocional. Las señales de alerta incluyen una prisa constante incluso sin necesidad, la incapacidad de concentrarse en una sola tarea sin distracciones y un cansancio persistente que no se alivia con el sueño, indicando un sistema “hipervigilante”.

Las consecuencias de no desacelerar son diversas y afectan nuestra salud física y mental, así como nuestras relaciones. Emocionalmente, se observa un aumento de la irritabilidad, la ansiedad y los pensamientos intrusivos. Físicamente, se manifiestan tensiones musculares, problemas digestivos y alteraciones del sueño. En el ámbito social, la prisa nos roba la presencia, dificultando la conexión auténtica con los demás y la capacidad de disfrutar de los pequeños y grandes momentos de la vida.

La Dra. Hungría insiste en la necesidad imperativa de “parar”, no solo para descansar, sino para permitir que nuestro sistema nervioso se regule y encuentre un equilibrio más saludable. Propone estrategias prácticas para lograrlo: Observar nuestros hábitos y cómo vivimos sin juzgar, lo que ayuda a identificar patrones de prisa innecesaria. Hacer pausas activas y conscientes entre tareas para respirar y planificar. Reducir la sobrecarga aprendiendo a priorizar y a decir “no”, desmintiendo la eficacia del multitasking. Desconectar de la tecnología para reconectar con uno mismo y el entorno. Finalmente, recuperar lo simple y natural, dedicándonos a actividades tranquilas como leer o jardinería, y buscando el contacto con la naturaleza, que tiene un efecto profundamente regulador en nuestro bienestar.

La invitación de la Dra. Mia Hungría es a repensar nuestra relación con el tiempo y la velocidad, a abrazar la calma como un acto de autocuidado y a cultivar una vida más consciente y conectada. Al hacerlo, no solo mejoramos nuestra propia calidad de vida, sino que también enriquecemos nuestras interacciones y nuestra capacidad de experimentar plenamente cada instante.