El Dr. Manuel Sánchez Luna, jefe del Servicio de Neonatología del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, explica que el nacimiento prematuro, particularmente antes de la semana 25, interrumpe el desarrollo completo de la vascularización de la retina, que normalmente finaliza entre las semanas 36 y 40 de gestación. Esta interrupción puede provocar la retinopatía del prematuro (ROP), una enfermedad que afecta los vasos sanguíneos del ojo del recién nacido. El experto, también catedrático de Pediatría en la Universidad Complutense de Madrid, enfatiza que la interrupción brusca del desarrollo fetal es la causa principal de esta patología. Los bebés prematuros, clasificados en diferentes categorías según su edad gestacional (desde extremadamente prematuros antes de las 28 semanas hasta prematuros tardíos entre las 34 y 37 semanas), requieren una vigilancia especial debido a que sus sistemas orgánicos no están completamente desarrollados al nacer. Los niveles de oxígeno post-nacimiento son un factor clave; aunque el oxígeno médico salvó muchas vidas en los años 50, también se descubrió que contribuía a problemas de visión en algunos prematuros. Un control preciso y estable de la saturación de oxígeno (90-95%) es crucial para el desarrollo vascular normal de la retina, evitando el crecimiento descontrolado de vasos sanguíneos que puede conducir al desprendimiento de retina y ceguera.
El diagnóstico de la retinopatía del prematuro (ROP) se realiza en varias fases, desde la fase inicial con una línea divisoria entre áreas vasculares y avasculares, hasta la fase 5, que implica un desprendimiento total de la retina. Múltiples elementos contribuyen a su aparición, incluyendo el grado de prematuridad y el peso del bebé al nacer, la hiperoxigenación después del nacimiento, infecciones durante las primeras semanas de vida, displasia broncopulmonar, hemorragia intracraneal y la exposición a la luz ambiental. Es imperativo que los recién nacidos con peso inferior o igual a 1500 gramos o con una edad gestacional igual o menor a 30 semanas, así como aquellos con mayor peso o edad gestacional pero con factores de riesgo, sean sometidos a un cribado oftalmológico. Las revisiones deben iniciarse entre la cuarta y sexta semana de vida, ajustándose según la inmadurez del neonato y continuarán a lo largo de su crecimiento para detectar cualquier anomalía y aplicar la terapia adecuada. En el pasado, se utilizaban tratamientos como la crioterapia y la coagulación con láser, pero actualmente se prefieren terapias menos invasivas. Los tratamientos modernos, como la administración intraocular de anticuerpos monoclonales anti-VEGF, bloquean el crecimiento vascular y la inflamación de la retina, minimizando efectos secundarios como la miopía. Gracias a estos avances, las lesiones severas son cada vez menos frecuentes debido a la intervención temprana y una vigilancia constante.
A pesar de los significativos avances en el cuidado neonatal y los tratamientos oftalmológicos, la retinopatía del prematuro sigue siendo un riesgo para los bebés nacidos con extrema inmadurez. Sin embargo, la clave reside en la prevención, detección precoz y un manejo multidisciplinario. El Dr. Sánchez Luna enfatiza que los recién nacidos con menos de 25 semanas de gestación deben ser atendidos en centros especializados que cuenten con todas las especialidades médicas necesarias, incluyendo la oftalmología neonatal, para asegurar la mejor estrategia y prevenir la ceguera. Este enfoque integral y la dedicación de los profesionales de la salud son fundamentales para brindar a estos pequeños pacientes la oportunidad de un desarrollo visual óptimo y una mejor calidad de vida.