La práctica de caminar antes de la primera comida del día ha ganado popularidad debido a su potencial para optimizar la quema de grasas. Sin embargo, esta estrategia metabólica no es tan simple como parece y requiere una comprensión clara de sus implicaciones. La entrenadora María Cortijos subraya que, si bien el ejercicio en ayunas puede movilizar lípidos de manera más eficiente, es crucial considerar la intensidad y la progresión para evitar efectos adversos como la fatiga o el daño muscular. Un enfoque moderado y bien informado es esencial para aprovechar sus beneficios sin riesgos.
Cuando el cuerpo se encuentra en un estado de ayuno, es decir, después de varias horas sin ingesta de alimentos, los niveles de glucosa e insulina en la sangre son naturalmente bajos. Esta condición fisiológica induce al organismo a recurrir a sus reservas de grasa como principal fuente de energía. Como detalla María Cortijos, esta adaptación se debe a la menor disponibilidad de glucosa, lo que obliga al cuerpo a utilizar los lípidos para alimentar la actividad física. Este cambio metabólico no solo impacta la quema de grasas durante el ejercicio, sino que, con el tiempo, puede mejorar la capacidad del cuerpo para alternar entre diferentes fuentes de combustible, un fenómeno conocido como flexibilidad metabólica. Además, este estado de cetosis puede contribuir a una mayor estabilidad fisiológica y a una reducción del apetito.
No obstante, la relación entre la quema de grasa durante el ejercicio y la pérdida de grasa corporal total es más compleja. Aunque se movilicen más lípidos durante una caminata en ayunas, el resultado final en la composición corporal depende del balance energético global a lo largo del día. Esto significa que una mayor quema de grasa en un momento específico no garantiza una pérdida de peso si el consumo calórico diario excede el gasto. Es un equilibrio dinámico donde múltiples factores interactúan.
Un error común es intentar realizar ejercicio de alta intensidad en ayunas. Cuando la actividad física se vuelve muy exigente, el cuerpo demanda energía de rápida disponibilidad, la cual proviene principalmente de los carbohidratos. En un estado de ayuno, esta fuente es limitada, lo que puede llevar a una fatiga prematura, disminución del rendimiento y, en casos extremos, a un riesgo elevado de catabolismo muscular si el ejercicio es prolongado o excesivamente intenso. La falta de glucosa también puede afectar la función cognitiva y la coordinación, incrementando los riesgos de lesiones.
Para aquellos que deseen incorporar el ejercicio en ayunas, la clave es la moderación. Se recomienda mantener una intensidad baja o moderada, como caminar a un ritmo constante o realizar cardio suave, que permita mantener una conversación sin dificultad. En cuanto a la duración, es aconsejable comenzar con sesiones de hasta una hora para personas no habituadas, extendiéndolas progresivamente hasta un máximo de dos horas solo para individuos con experiencia y adaptación metabólica previa. Respecto a la ingesta, para maximizar la quema de grasa, se debe mantener un ayuno total, ya que incluso pequeñas cantidades de carbohidratos pueden frenar este proceso. El café solo está permitido, ya que no interfiere y puede mejorar el rendimiento. En situaciones donde el entrenamiento es más largo o existe preocupación por la masa muscular, se pueden considerar alimentos proteicos sin grasas ni carbohidratos.
La frecuencia del ejercicio en ayunas debe adaptarse a los objetivos individuales. Para la pérdida de grasa, se puede empezar con una o dos sesiones semanales, aumentando gradualmente. En atletas o personas muy entrenadas, se sugiere una periodización, alternando días de baja intensidad en ayunas con días de entrenamiento intenso con ingesta de carbohidratos. La recomendación final es priorizar la adaptación progresiva y la intensidad adecuada, permitiendo que el cuerpo aprenda a utilizar la grasa eficientemente y evitando riesgos como mareos o pérdida muscular.