La sordoceguera representa un desafío formidable para quienes la padecen, sumiéndolos en un estado de aislamiento y dificultando enormemente su interacción con el mundo. Afortunadamente, organizaciones como Apascide dedican sus esfuerzos a romper estas barreras, brindando apoyo vital y oportunidades para la comunicación y el desarrollo personal. Este artículo arroja luz sobre la realidad de las personas sordociegas, la incansable labor de los mediadores y voluntarios, y la imperante necesidad de recursos especializados para garantizarles una vida digna e integrada.
El 7 de junio de 2026, la Asociación Española de Familias de Personas con Sordoceguera (Apascide), galardonada con el Primer Premio Nacional de Solidaridad de TELVA, organizó una jornada recreativa en un parque de bolas. Este evento no solo ofreció un espacio de alegría y compañerismo para las personas sordociegas y sus mediadores, sino que también proporcionó un respiro invaluable a sus familias. Olga Hernáez, coordinadora de Apascide, describe la sordoceguera como una discapacidad extremadamente limitante y a menudo desconocida, caracterizada por un deterioro combinado de la vista y el oído que obstaculiza la información, la comunicación y la movilidad. Estas personas, con frecuencia, viven encapsuladas en su propio mundo interior, un aislamiento que puede verse agravado por problemas de salud adicionales derivados de causas como nacimientos prematuros, parálisis cerebral o enfermedades raras. La comunicación se convierte en su principal obstáculo.
Esther Escobar, madre de Enrique, de 27 años, comparte su experiencia. Enrique nació con el Síndrome CHARGE, que, además de sordoceguera, afecta su corazón y sistema genitourinario. A pesar de las dificultades, Esther se siente afortunada, ya que Enrique conserva un pequeño porcentaje de visión y audición residual, permitiéndole una forma limitada de comunicación. Aprendió el lenguaje de signos en un centro de la ONCE hasta los 18 años. Esther enfatiza que la estimulación temprana es crucial, ya que lo aprendido en los primeros años de vida es fundamental, especialmente ante la posibilidad de una mayor pérdida sensorial.
La comunicación táctil es fundamental para las personas sordociegas, quienes utilizan el lenguaje de signos apoyado en la palma de la mano. Paco, un voluntario de Apascide desde hace once años, ilustra la naturaleza íntima de esta interacción: "En el voluntariado con sordociegos no hay distancia de seguridad. Estás piel con piel, todo el tiempo tocando, oliendo, sintiendo". Sin embargo, la transición a la edad adulta presenta nuevos desafíos. A partir de los 18 años, la búsqueda de centros especializados se vuelve una tarea ardua. España cuenta con solo un centro adaptado con mediadores y guías intérpretes, el Centro Santa Ángela de la Cruz en Salteras, Sevilla, con una capacidad limitada para albergar a los 10.000 sordociegos del país. La historia de Fili, compañero de Enrique en la ONCE, es un claro ejemplo de esta carencia; su hiperactividad le impide ser admitido en un centro, dejándolo en casa sin la atención especializada necesaria, lo que resulta en una regresión de sus habilidades comunicativas.
Olga subraya la dificultad que enfrentan las personas sordociegas para adaptarse a los cambios y establecer nuevas relaciones, dado que su percepción del mundo se limita al tacto. La interacción con sus amigos y personas conocidas les aporta confianza y alegría. Paco, conmovido por su experiencia, ha sido testigo de "milagros", observando cómo personas con sordoceguera, a pesar de las expectativas, logran avances sorprendentes en su desarrollo. Darián, por ejemplo, encuentra en las actividades de Apascide una valiosa oportunidad para socializar con sus pares. Ángela, una entusiasta del heavy metal por la vibración que percibe, muestra su afecto por Olga, su mediadora, en todo momento.
María del Mar García, neuropediatra y presidenta de Apascide, comparte su historia personal. Su hermana menor, Inés, nació prematura en 1988 y desarrolló sordoceguera. Inspirada por la búsqueda incansable de sus padres por el bienestar de Inés, María del Mar se dedicó a la neuropediatría. En el Hospital La Paz de Madrid, conoció a Cove, una niña nigeriana huérfana de tres años con sordoceguera y lesión cerebral. Este encuentro fue un punto de inflexión en su vida, decidiendo adoptar a Cove. Para María del Mar, la discapacidad no es un drama, sino una realidad que ha vivido con naturalidad. Sin embargo, enfatiza que la verdadera dificultad reside en la falta de tiempo, dinero y apoyo para las personas sordociegas.
El premio TELVA, valorado en 18.000 euros, financiará el proyecto 'Verano sin Barreras', parte del programa 'Respiro para Padres'. Este campamento de una semana en Ávila, que contará con 15 participantes sordociegos y 45 voluntarios (tres por cada persona), ofrecerá actividades como escalada, natación y talleres. Este campamento no solo busca proporcionar una experiencia de ocio enriquecedora y segura, sino también ofrecer un merecido descanso a las familias y formar nuevos voluntarios.
La historia de Apascide y las personas a las que sirve nos confronta con la realidad de la sordoceguera, recordándonos la fragilidad de la comunicación humana y la resiliencia del espíritu. El compromiso de voluntarios como Paco y la dedicación de familias como la de María del Mar son faros de esperanza en un mundo que a menudo olvida a los más vulnerables. Nos invita a reflexionar sobre la importancia de la inclusión, la empatía y el apoyo continuo a aquellos que enfrentan barreras sensoriales. Es un llamado a reconocer que, a pesar de las limitaciones, la conexión humana y el amor pueden trascender cualquier obstáculo, abriendo caminos hacia una vida más plena y significativa para todos.