Es un hecho reconocido que los entornos naturales, como la vista de prados o el sonido del mar, provocan sensaciones de tranquilidad y bienestar. De manera similar, ciertos espacios interiores pueden evocar sentimientos de comodidad y armonía debido a la combinación de luz, color, temperatura y aromas. Esta profunda conexión entre el entorno y nuestro estado físico y mental es el pilar de la neuroarquitectura, una disciplina que se enfoca en cómo el diseño espacial puede ser una herramienta poderosa para mejorar nuestra calidad de vida.
La arquitecta Rita Gasalla, al frente de Galöw y presidenta del Observatorio de Arquitectura Saludable, ilustra con ejemplos cómo la neuroarquitectura puede transformar vidas. En un caso notable, su equipo trabajó en el hogar de una niña con síndrome de Asperger y otras condiciones complejas. El objetivo principal era crear un ambiente hogareño que le brindara confort y redujera su malestar. Para lograrlo, se eliminaron elementos plásticos, se reemplazaron los colores grises por tonos más naturales y se incorporaron tejidos y acabados orgánicos, como barnices a base de aceite, para reconectar a la niña con la naturaleza. La eliminación del ruido excesivo mediante aislamientos especializados y la recreación de la luz solar en el interior fueron factores clave para mejorar su bienestar, dado su sensibilidad extrema a los estímulos externos.
Otro caso que destaca el poder de la neuroarquitectura es el de una clienta con epilepsia que, tras mudarse a un hogar diseñado bajo estos principios, experimentó una notable reducción en la frecuencia de sus convulsiones. La selección del lugar, con una orientación óptima para el sol y un entorno verde y silencioso, fue fundamental. El diseño se centró en una cuidadosa selección de patrones de decoración, una iluminación adecuada y una ventilación óptima, demostrando cómo un entorno bien pensado puede actuar como medicina preventiva.
La neuroarquitectura, definida como la neurociencia aplicada al diseño, no es un concepto nuevo. Sus raíces se remontan a los años 50 con figuras como Richard Neutra, quien ya intuía la influencia de los espacios en la estructura cerebral. Esta disciplina estudia cómo los diferentes ambientes impactan nuestro cerebro, comportamiento, hábitos, capacidades cognitivas y estado de ánimo. Un hito importante fue el descubrimiento en 1997 de que el parahipocampo, una zona cerebral, se activa ante la exploración de nuevos espacios, lo que ha impulsado a arquitectos de todo el mundo a integrar estos conocimientos en sus proyectos.
Al aplicar la neuroarquitectura a la vivienda, se priorizan dos aspectos cruciales: la elección de materiales y el diseño de la luz. En cuanto a los materiales, es esencial considerar no solo su composición individual (pinturas, barnices) sino también cómo interactúan entre sí para evitar efectos nocivos a largo plazo. Respecto a la luz, el objetivo es replicar la luz solar, que es óptima para el bienestar humano. Esto implica un diseño de iluminación que varía en intensidad y color a lo largo del día, imitando los ritmos circadianos y beneficiando directamente el estado de ánimo, ya que, como señala Gasalla, "no hay vida en la naturaleza sin luz" y esta es un pilar fundamental para nuestra salud y vitalidad.