La longevidad, según el Dr. Esteller, se refiere al tiempo que una persona logra vivir superando la expectativa de vida promedio. Esta definición encapsula la ambición humana de ir más allá de los límites preestablecidos por la naturaleza.
Japón se alza como un ejemplo global de longevidad. Este fenómeno se atribuye a un sistema de salud excepcional, un alto nivel de vida, una renta per cápita elevada y, crucialmente, hábitos alimenticios saludables, como el consumo frecuente de pescado azul.
España, con su clima templado, se posiciona favorablemente en el mapa de la supervivencia global, beneficiándose de condiciones climáticas que evitan los extremos de calor o frío, lo que contribuye a una mayor esperanza de vida para sus habitantes.
Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la ciencia ha sido testigo de avances sin precedentes, desde el desarrollo de vacunas y antibióticos hasta el acceso generalizado a agua potable. Estos progresos han permitido a la humanidad soñar con superar la barrera de los 120 años, transformando lo que antes era un milagro en una posibilidad cada vez más tangible.
Aunque la expectativa de vida actual ronda los 85 años, con una ligera desventaja para los hombres debido a patrones de riesgo, la sociedad está viendo un aumento significativo de nonagenarios y el surgimiento de centenarios, lo que sugiere un camino hacia una longevidad aún mayor.
La historia de una mujer francesa que supuestamente vivió 122 años sigue siendo un enigma sin verificación científica irrefutable. La falta de pruebas documentales sólidas impide confirmar su edad con total certeza.
María Branyas, la supercentenaria catalana, se mantuvo como la mujer más longeva del mundo hasta su fallecimiento en 2024 a los 117 años. Su caso fue objeto de estudio por parte del equipo del Dr. Esteller.
Para emular casos como el de María, es fundamental tener acceso a una atención sanitaria de alta calidad y priorizar la medicina preventiva. Mientras los tratamientos curativos pueden añadir años de vida, la prevención es la piedra angular para evitar la aparición de enfermedades.
Los hábitos desempeñan un papel crucial. La prohibición del tabaco, por ejemplo, ha reducido drásticamente la incidencia de cáncer de pulmón. Un calendario de vacunación completo, una alimentación equilibrada y el ejercicio regular son pilares fundamentales. Además, factores ambientales como la contaminación urbana también impactan la esperanza de vida.
Nuestros hábitos alimenticios actuales no se alinean con nuestra realidad sedentaria. Consumir menos calorías ha demostrado prolongar la vida, aunque la relación entre el ayuno intermitente y la longevidad aún requiere más investigación.
Históricamente, períodos de escasez y hambrunas han demostrado, paradójicamente, un aumento en la supervivencia de aquellos que lograron adaptarse. Esta adaptación celular a la escasez energética sugiere que la restricción calórica puede fortalecer los mecanismos de supervivencia del organismo.
Existe un programa biológico inherente que nos impulsa hacia el final de la vida. Sin embargo, la ciencia busca "engañar" a este sistema para prolongar la existencia saludable. La discriminación por edad, o edadismo, se presenta como una distorsión social de esta ley natural.
En la próxima década, podríamos ver el surgimiento de una "multipíldora" antienvejecimiento, similar a un multivitamínico avanzado, que combatirá la senescencia celular, la oxidación y el daño genético. El siguiente paso, más complejo, será la cirugía molecular.
La cirugía molecular implicará la inserción o eliminación de genes para influir en la longevidad. El caso de María Branyas, con sus variantes genéticas únicas que prolongaban su vida, inspira la posibilidad de replicar estos efectos en otras personas, aunque actualmente se aplica principalmente en patologías.
La misión principal de un científico es aliviar el sufrimiento de los enfermos y luego desarrollar estrategias para extender una vida saludable. La creación de fármacos que imiten genéticamente la longevidad de individuos privilegiados representa un área de investigación prometedora y éticamente compleja.
Nuestra longevidad es el resultado de una interacción compleja entre un 50% de genética y un 50% de hábitos y entorno. La epigenética, que estudia cómo el ambiente "habla" con nuestros genes, muestra que la "deriva epigenética" puede llevar a gemelos con idéntico ADN a envejecer de forma diferente.
La buena noticia es que es posible restaurar un epigenoma saludable. Dejar hábitos perjudiciales como fumar puede revertir los cambios epigenéticos iniciales. Sin embargo, si el daño genético ha avanzado a mutaciones, la recuperación se vuelve más desafiante.
Aunque no podemos alterar nuestros genes, sí podemos influir en su actividad a través de nuestros hábitos. Los malos hábitos, como el consumo excesivo de alcohol, el tabaquismo o una dieta deficiente, pueden generar alteraciones genéticas difíciles de corregir.
Un 10% de la población presenta una alta predisposición genética a ciertas enfermedades, a menudo evidenciada por la recurrencia familiar y la aparición temprana. Los tests genéticos actuales pueden ofrecer una evaluación de la edad biológica, revelando discrepancias con la edad cronológica, como fue el caso de María Branyas, cuyo reloj epigenético indicaba ser 25 años más joven.
María Branyas personificaba la fusión de una genética favorable y hábitos saludables. Además de poseer diez variantes genéticas únicas, su dieta antiinflamatoria, rica en probióticos de yogures fermentados, contribuyó a la salud de su tracto digestivo y sistema inmune, factores clave para su extraordinaria longevidad.
Aunque algunas enfermedades infecciosas están en declive, el aumento de la longevidad trae consigo la aparición más frecuente de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. El cerebro, diseñado para una vida más corta, enfrenta ahora el desafío de una existencia prolongada.
La tasa global de curación del cáncer ha mejorado significativamente, alcanzando entre un 65% y un 70%. Sin embargo, la disparidad entre tipos de cáncer, con alta supervivencia en cáncer de testículo y baja en páncreas, señala la necesidad de más investigación en los tumores más agresivos, como los de pulmón y cerebro.
La inmortalidad biológica ya se manifiesta en la transmisión de nuestro ADN a través de la descendencia. La cuestión radica en la definición de la identidad individual y la posibilidad de replicar la función cerebral. Si bien la mayoría de los científicos aceptan que el envejecimiento y la muerte son inevitables, una minoría considera el envejecimiento como una enfermedad curable, prometiendo descubrimientos revolucionarios en los próximos años.