En el contexto de la reciente confirmación de casos de hantavirus en España, el debate público y científico ha vuelto a centrarse en la comparación de esta enfermedad con la pandemia de COVID-19. Sin embargo, los principales expertos en salud global y epidemiología han subrayado que, a pesar de las preocupaciones iniciales, las características del hantavirus son fundamentalmente distintas, lo que evita un escenario similar al provocado por el coronavirus. Las diferencias clave radican en la forma de transmisión, el grado de conocimiento científico sobre el virus y la presión que ejerce sobre los sistemas de salud. Estas distinciones son cruciales para comprender por qué el riesgo global asociado al hantavirus es considerablemente más bajo.
El director general de Salud Pública del Ministerio de Sanidad, Pedro Gullón, ha sido enfático al afirmar que el hantavirus actual "no es el covid". Si bien ambos son virus zoonóticos, originados en animales, la principal diferencia radica en su capacidad de transmisión. El SARS-CoV-2, causante de la COVID-19, se propagaba fácilmente por vía respiratoria, generando una rápida circulación comunitaria. En contraste, el hantavirus, especialmente la variante de 'los Andes' que se ha estudiado en este brote, requiere un contacto muy estrecho para su proliferación, lo que limita su diseminación. La investigadora Noemí Sevilla, directora del Centro de Investigación en Sanidad Animal, ha destacado que el valor R (tasa de reproducción) del hantavirus es inferior a 1, mientras que el de la COVID-19 llegó a ser de 5, e incluso 15 en sus variantes más contagiosas, lo que demuestra la baja transmisibilidad del hantavirus en comparación.
El director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom, ha respaldado esta visión, señalando que la evaluación del riesgo global del hantavirus se mantiene en un nivel bajo. A pesar de que el período de incubación puede ser prolongado (entre una y seis semanas), la necesidad de un contacto muy cercano, casi cara a cara, con exposición a saliva o secreciones respiratorias para el contagio, reduce drásticamente la probabilidad de una expansión descontrolada. La OMS ha recordado que el hantavirus es una zoonosis bien conocida desde hace décadas, con brotes históricos documentados y monitorizados por la comunidad científica, lo que permite un mejor manejo y control de la enfermedad.
Otro factor crucial que diferencia a estas dos enfermedades es la presión sobre los sistemas hospitalarios. La COVID-19, al ser altamente transmisible, provocó olas sucesivas de contagios que saturaron hospitales y causaron millones de muertes a nivel mundial. El hantavirus, debido a su baja transmisibilidad, no genera una carga asistencial significativa, a pesar de que su letalidad puede ser alta en casos sintomáticos graves (con tasas de mortalidad de hasta el 30-50% en algunos brotes). Por esta razón, las autoridades sanitarias implementan protocolos estrictos, como cuarentenas de hasta 42 días, para prevenir su propagación y garantizar una atención temprana. La identificación y seguimiento activo de los contactos en un entorno confinado, como el del reciente brote en un crucero, facilitan enormemente el control epidemiológico, algo que no fue posible en las primeras etapas de la pandemia de COVID-19.
En síntesis, aunque la aparición de nuevos casos de hantavirus genera preocupación, la comunidad científica y las autoridades sanitarias enfatizan que las características epidemiológicas de esta enfermedad la distinguen significativamente de la COVID-19. La menor transmisibilidad del hantavirus, su naturaleza de enfermedad conocida y el control epidemiológico proactivo son elementos que contribuyen a mantener un riesgo global bajo. La vigilancia y la aplicación de protocolos rigurosos son fundamentales para contener la enfermedad y evitar su propagación masiva.